Me quiso enseñar a no pronunciar ternuras sobre las piedras
Decía que los poros eran traicioneros y que me comerían viva
si intentaba acercarme a sus gritos
Yo, sin miedo, desobedecí
Yo, sin miedo, entendí
y sofoqué aquellos cantos designados para la preservación del alma en su nido
Me quedé sin miedo, ciertamente, receptáculo vacío al borde de la furia
Ahora hablo con lo espeso de los montes
Hablo con los pasos de los muertos, con el río de los gestos acallados
Las vértebras de los días enredadas en lo desparramado de aquel amor
Usamos palabras que a medias conocemos para decirnos lo que ha quedado
Y después de tanto sol enmudecido, qué ha quedado, dime tú

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